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Pastor J. Carlos Faria

EL ARBOL DE ACACIA - ARCA DE DIOS


 

Sólo horas habían pasado desde que Moisés  había descendido del monte.  En sus pensamientos giraban una y otra vez el modelo que Dios le mostró de  un tabernáculo como nunca había visto. Este  quedó grabado en la profundidad de la retina de sus ojos. Las palabras del Señor reverberaban como una orden aún en su ser. “Diles a  mi pueblo que: Traigan ofrenda  voluntaria de todo corazón, de su propia voluntad, oro, plata, cobre, azul púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y par el incienso aromático, piedras de ónice, y piedras de engaste y madera de acacia y harán un santuario  para mí” “¡Harán también un arca, harán también un arca, harán también un arca!”

 - ¡ Para eso había que conseguir madera, y esta tenía que ser de acacia!.

¿Madera recubierta en oro? Se preguntaba Moisés. Que idea la de Dios; algo tan perecedero recubierto por lo imperecedero.

Madera era algo que escaseaba en un desierto donde no crecen árboles, ¡pero había que hacer el Arca!.

Madera habla de la naturaleza del hombre,  es algo destructible, ya que se hecha perder si lo colocas debajo de la tierra o queda en contacto con el agua.

Bueno pero como sabrás todo árbol no nació siendo árbol. Primero fue semilla, cierta semilla “según su especie” es la que cae en un lugar fértil, para después nacer una pequeña planta, hasta llegar a la estatura de un árbol.

Saben, el árbol de acacia no es para nada atractivo. No tiene esbeltez, ni finura, por lo tanto la arrogancia esta lejos de él. Para nada se puede comparar con un cedro del Líbano que adornaría el Templo del gran Salomón, ni tampoco tiene la delicia de un árbol que pueda dar un dulce fruto. Mas bien es medio retorcido; lo único que puede llamar la atención, según las especies, es que puede dar algunas flores blancas. La acacia que se utilizó para la construcción  del Arca tiene la particularidad que nace, se desarrolla y toma forma en el desierto.

¡Cuantos arboles frondosos se desarrollan a las orillas del Nilo de Egipto!. Pero este árbol de acacia crece allí, en el desierto.  Al mismo tiempo que éste árbol se desarrollaba, otros árboles crecían en distintas partes del mundo alumbrados por el mismo sol que les daba la vida, y regados por  las lluvias de los cielos. Pero vuelvo a repetir, este tipo de árbol de acacia, dicen los diccionarios, crece en el desierto de oriente.

Este ejemplar vio como otros árboles crecieron con él. Como junto a otros nacieron a la vida y se desarrollaron. Fueron bañados cada mañana por el mismo sol, recibieron el rocío de la noche y alguna que otra esporádica lluvia sobre sus vidas.

Si algo se podía resaltar en la vida de la acacia, era la rutina. Miraba donde miraba, sólo encontraba desierto u otro árbol parecido a él y medio retorcido. Arbustos con espinas y arena que castigaban su naturaleza con los vientos del lugar. ¿Después de todo que puede encontrar uno en un desierto?

Nadie lo miraba. Estaba apartado de la vista de los hombres. Quizá alguna caravana de nómades que pasaran por allí, o alguien que se habría perdido, buscaba de tanto en tanto su sombra. También alguna paloma que saben anidar en los priscos de las montañas, posaba, buscando descanso en su vuelo  por un corto tiempo.

Pero un cierto día, al caer la tarde, un hombre, un hombre como nunca había visto este pobre árbol apareció por allí. Su figura era hermosa en gran manera, un resplandor iluminaba todo su ser. No se parecía a ninguno de los otros  hombres que este árbol de acacia había visto en su vida de desierto.

Observando atentamente  su figura, lo vio recorrer todo el lugar, como si estuviera buscando algo especial. Sus ojos parecían que podría penetrar aún la roca más dura, y discernir los pensamientos más íntimos de cada cosa que estaba a su alrededor; y lo que más llamaba su  atención es que todo cobraba vida a su alrededor

Este hombre tan especial buscó y miró cada árbol con sumo cuidado escudriñando todo. Sus pasos eran firmes, y su andar lento. Hasta que vio que vino hacia él,  deteniéndose delante de su figura retorcida de árbol. Sintió como el calor de sus ojos recorrían lo más profundo de su ser, y como si no hubiera tenido en cuenta su figura exterior su mirada llegó hasta sus raíces. Después de unos instantes se marchó.

Pasaron unos días y nuevamente la figura de ese extraño visitante, se paseó por medio de ese conjunto de árboles que vivían en ese lugar. Nuevamente  su vista recorrió cada lugar, forma y figura. Nuevamente volvió a pararse frente a este retorcido árbol de acacia, y su mirada, su profunda mirada penetró una vez más hasta lo más intimo  de la vida de la acacia.

Las visitas volvieron a repetirse y fueron mas frecuentes. Comenzó a notar que cada vez que este ser tan especial, se paraba frente de él, su naturaleza de árbol se estremecía, y la savia de la vida corría mas aceleradamente.

Un cierto día El varón esbelto en gran forma llegó y vino directamente a él como ignorando a todo los demás. Posó sus manos sobre  su tronco tocándole y una tierna sonrisa asomó en su delicado y firme rostro.

Que momento tan hermoso, ¡no fue un toque, fue como una caricia! Hubiera querido que esa mano hubiese permanecido allí para siempre.

El árbol meditó: “que tengo yo a diferencia de otros tantos árboles”.

Había escuchado a los hombres que componían las caravanas que pasaban por allí, que en distintas partes del mundo había árboles grandes, casi sublimes, con deliciosos frutos, con flores magníficas, de hermoso perfume, pero él, un árbol retorcido, ¿Qué habría visto en él?.

Esta acacia sólo recibía cada día sobre sí, el calor y los vientos del desierto, que hacían que la arena castigara toda su figura.

Cuando el hermoso varón, retiró sus manos, pudo observar en ellas unas profundas heridas. Y lo más extraño fue que,  justo desde esas heridas, es donde este árbol sintió  el tierno toque que estremeció todo su ser.

Pensó:   “¡pobre hombre se habrá lastimado en su trabajo!” La acacia sbía que los hombres trabajaban y tenían oficios.

 ¿Pero cual sería su trabajo? No lo sabía, pero si tenía que adivinar él diría: ¡Este hombre es... carpintero!.-

Pasaron unos días, más que los de costumbres, hasta que nuevamente este hombre apareció. Lo vio dirigirse resuelta   hacia él con una gran sonrisa en sus labios, parecieron que sus labios se movieron, y escuchó el susurro de estas palabras: “Llegó el tiempo”.

Su mano derecha traía algo. No conocía  lo que era, pero blandía en el resplandor del sol.

Acercándose a muy corta distancia, su brazo se levantó; y el árbol pensó: “¡Otra vez su mano!, esa mano tan tierna me tocará, ¡otra vez su mano me tocará!

“Que honor tan grande, que alguien más grande que yo, mucho más hermoso que yo, con mas poder y gloria me toque. Que soy yo, mas que todos los demás árboles. No soy recto,  no soy bello, pero este varón que puede  trasladarse de un lado a otro con voluntad férrea me ha mirado, ¡me ha mirado y también me tocó!”.

Con tantas visitas que había tenido, ya una relación silenciosa se había producido entre el árbol y el hermoso varón de manos heridas.

Cuando la mano del hombre se levantó y cayo  sobre el árbol, esto que lucía tan esbelto a la luz del sol cuando lo enfocaba y que prácticamente destellaba en colores, se fue acercando rápidamente al árbol, y este dijo: ¡ “Me va a tocar, me va a tocar, así como me toco con su mano! ¡Debe ser algo más precioso todavía, debe ser algo más hermoso, debe ser algo como nunca sentí!

¡Si cuando su mano me tocó fue algo tan hermoso, sentí una  dulzura, una ternura como ningún pájaro me la pudo dar, que será esto que trae cuando me toque!

El golpe del hacha y el grito del árbol fueron uno.

Gran dolor... tremendo dolor... inexplicable dolor... ¿Que pasóooooo.....?

El asombro y el dolor no le dejó reconocer cuantos golpes fueron.

El árbol solo podía decir: ¡Basta... a mí no... hay otros árboles...hay otros árboles!. ¡Porqué a mí!.

El hacha llegó muy profunda; hasta lo más íntimo de su ser. La Acacia no podía creer que este hombre tan tierno, de sonrisa tan dulce, que conocía de heridas, podía haber causado esto.

Pero ya no podía hacer nada, ya estaba en el suelo. Todo fue tan rápido. Toda ligadura a esta tierra había sido cortada, y era llevado donde no sabía.

Los otro arboles que lo veían pasar, decían, entre sí: ¡”Mira lo que le pasó por confiar en este extraño visitante. Menos mal que no fue a nosotros. Menos mal que no se detuvo en nosotros”!. Ellos también poco entendían.

Pero de que servían las palabras de los demás. El dolor era muy profundo, la acacia ya no era un árbol, por lo menos erguido.  Y si bien un pequeño aliento de vida tenía, sabía que no duraría mucho. Sin embargo  aunque cortado, figura de árbol tenía.

Fue apartado de todos los demás árboles y llevado al campamento del Hombre de bella figura, quedó sólo en la noche de su vida. El  rocío caía sobre su figura tendida en la arena del desierto.

Al día siguiente otros hacheros, con distintas herramientas comenzaron a hacer su tarea. Su corteza fue separada, su parte más íntima quedó al descubierto. Mientras tanto, el varón de gran gloria seguía atentamente cada paso, cada corte, de lo que le estaban haciendo.

Ya sin corteza, con su parte más blanda expuesta, quedó tendido al calor de los vientos que fueron preparando su naturaleza de madera.

Sin su parte exterior a la vista, si  sus arboles amigos lo verían, nunca mas lo reconocerían.

Día tras día, noche tras noche los días fueron pasando.

Sin su corteza que sensible era a cualquier silbo de viento. Que sensible a cualquier susurro.

Otros actores de trabajo aparecieron. Trajeron sierras y lijas que cortaron su naturaleza ahora interior. ¡Porqué habría que cortar mas fino! ¡Porqué habría que lijar mas fino!.

Cuando los obreros terminaron, ya estaba tan partido que nadie mas diría que era un árbol.

Todo el desarrollo de árbol que tenía lo había perdido. Ya su estatura estaba reducida a 1,20 cm a 0,70.

Tablas solo tablas.

Escucho decir: ¡”Ya esta terminado”!.

Vinieron los ensambladores y colocaron cada tabla de su ser y formaron una figura.

Pero ya no lucia como un árbol. Nadie mas lo reconocería como tal, ¡quien iba a  decir que era un árbol!.

 Al día siguiente vinieron algunos varones que lo llevaron a un lugar donde realmente hacia bastante  calor. Lo que mas le llamaba la atención en todo este proceso, en todo este tiempo, es que ningún día faltó la presencia de ese varón glorioso que contemplaba todo lo que se le hacia, no permitiendo que detalle alguno quedara sin hacer.

El árbol comenzó a sentir mucho calor,  la acacia comenzó a sentir demasiado calor, laminas de oro cayeron sobre él.

Las dos naturalezas tomaron contacto, el oro y la madera.

Esas laminas preparadas de antemano, que recubrieron primeramente la parte de adentro, e hicieron desaparecer la madera de acacia que quedaba a la vista

Nadie de afuera ya mas conocería a él. Nadie mas vería su madera. Escuchó una voz que dijo terminado es, acabado es, mas no entendió mucho.

Ya en medio de la oscuridad de sus sentidos, entendió que de ahora en más solo podría ver el mundo exterior a través de la naturaleza que lo recubría.

Sintió como dentro y arriba suyo ponían otra tapa, y lo cubrió aún más una densa oscuridad.

Él comprendió que todo esto había ocurrido por el simple y gran hecho que ese varón glorioso puso sus ojos en él eligiéndolo.

En realidad fue llevado donde no se le preguntó si quería ir. Fue llevado donde el no sabía, era trasladado donde  no quería ir.

Mientras meditaba en ello,  el lugar se llenó con una luz que  nunca vio en su vida de árbol.

Esa luz ya no brillaba como la luz del sol que la acacia había visto cada mañana de su vida.

¡Era  luz distinta, era una luz preciosa, era una gloria tremenda como nunca había visto en la tierra!, y el pensaba en sus amigos, en los otros árboles.

¡Él entendió, ahora entendíaaaaaaaaa..!.

Había perdido su identidad pero había sido elegido para un propósito,

Amigos así como este árbol de acacia, muchas semillas  fueron plantadas en este mundo. Cuando crecieron no tenían ninguna hermosura, pero un día pasó un Ser distinto como no lo hay ningún  otro, que señaló ese árbol en medio de un desierto, para prepararlo para un propósito especial.

Este árbol tuvo que perder su identidad, tuvo que pasar por distintas pruebas, por distintos dolores; perder “su  vida”.

Te digo más. El que miraba el arca de Dios y no sabía; nunca podría decir que allí dentro hay un árbol.

Lo único que miraban allí, los de afuera, los desconocidos y conocidos, los del pueblo y los enemigos,  cuando esa arca era trasladada, era el Arca donde se posaba la presencia de Dios,

El arca de la presencia de Dios, solamente aquellos que habían pasado por este proceso, que pertenecían a ese pueblo sabían que adentro de ese oro recubierto hay un vaso de madera

Él nos hizo para ser morada de su presencia.  No importa tu apariencia. Si él te eligió El te preparará.

La primera apariencia del árbol  era  desastrosa, no se distinguía  de ningún otro árbol, pero sabes hay una canción que cantamos que dice: “ para ser morada de Dios  nací, el lugar de la presencia del Señor”.

No digas soy sólo un simple árbol, de una naturaleza que se muere.

¡El privilegio de ser un simple árbol de acacia es muy grande!.

Quiero decirte algo. Lo que Dios te pondrá como cubierta, lo que Dios pondrá dentro tuyo es su ley de amor, y es su oro. La tapa, la cobertura de  esa caja no contenía acacia, era oro puro.

Ese oro que habla de la naturaleza de nuestro amado Salvador, sufrió mas fuego para su pureza del que tu supiste sufrir para ser preparada como arca.

Fuiste llamado a ser morada de Dios. No es un juego, no es una religión, no es una liturgia, es mas que cualquier don, es más que miles de bendiciones de prosperidad y abundancias, no es venir a los cultos solamente. Tu vida le pertenece a aquel que te plantó y te dio vida.

No te frustres por su accionar, El té esta preparando para ser morada. Deja que Él utilice sus herramientas. Y puedas decir Señor sea tu voluntad y no la mía.

 

¡Dios te bendiga árbol de acacia, El Señor es contigo!.

 

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