Sólo horas habían pasado
desde que Moisés había descendido del monte. En sus
pensamientos giraban una y otra vez el modelo que Dios le mostró de
un tabernáculo como nunca había visto. Este quedó grabado en la
profundidad de la retina de sus ojos. Las palabras del Señor reverberaban como
una orden aún en su ser. “Diles a mi pueblo que: Traigan ofrenda
voluntaria de todo corazón, de su propia voluntad, oro, plata, cobre, azul
púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de
rojo, pieles de tejones, aceite para el alumbrado, especias para el aceite de
la unción y par el incienso aromático, piedras de ónice, y piedras de engaste
y madera de acacia y harán un santuario para mí” “¡Harán también un
arca, harán también un arca, harán también un arca!”
- ¡ Para eso había que
conseguir madera, y esta tenía que ser de acacia!.
¿Madera recubierta en
oro? Se preguntaba Moisés. Que idea la de Dios; algo tan perecedero recubierto
por lo imperecedero.
Madera era algo que
escaseaba en un desierto donde no crecen árboles, ¡pero había que hacer el
Arca!.
Madera habla de la
naturaleza del hombre, es algo destructible, ya que se hecha perder si lo
colocas debajo de la tierra o queda en contacto con el agua.
Bueno pero como sabrás
todo árbol no nació siendo árbol. Primero fue semilla, cierta semilla “según
su especie” es la que cae en un lugar fértil, para después nacer una pequeña
planta, hasta llegar a la estatura de un árbol.
Saben, el árbol de acacia
no es para nada atractivo. No tiene esbeltez, ni finura, por lo tanto la
arrogancia esta lejos de él. Para nada se puede comparar con un cedro del
Líbano que adornaría el Templo del gran Salomón, ni tampoco tiene la delicia
de un árbol que pueda dar un dulce fruto. Mas bien es medio retorcido; lo
único que puede llamar la atención, según las especies, es que puede dar
algunas flores blancas. La acacia que se utilizó para la construcción del
Arca tiene la particularidad que nace, se desarrolla y toma forma en el
desierto.
¡Cuantos arboles
frondosos se desarrollan a las orillas del Nilo de Egipto!. Pero este árbol de
acacia crece allí, en el desierto. Al mismo tiempo que éste árbol se
desarrollaba, otros árboles crecían en distintas partes del mundo alumbrados
por el mismo sol que les daba la vida, y regados por las lluvias de los
cielos. Pero vuelvo a repetir, este tipo de árbol de acacia, dicen los
diccionarios, crece en el desierto de oriente.
Este ejemplar vio como
otros árboles crecieron con él. Como junto a otros nacieron a la vida y se
desarrollaron. Fueron bañados cada mañana por el mismo sol, recibieron el
rocío de la noche y alguna que otra esporádica lluvia sobre sus vidas.
Si algo se podía resaltar
en la vida de la acacia, era la rutina. Miraba donde miraba, sólo encontraba
desierto u otro árbol parecido a él y medio retorcido. Arbustos con espinas y
arena que castigaban su naturaleza con los vientos del lugar. ¿Después de todo
que puede encontrar uno en un desierto?
Nadie lo miraba. Estaba
apartado de la vista de los hombres. Quizá alguna caravana de nómades que
pasaran por allí, o alguien que se habría perdido, buscaba de tanto en tanto
su sombra. También alguna paloma que saben anidar en los priscos de las
montañas, posaba, buscando descanso en su vuelo por un corto tiempo.
Pero un cierto día, al
caer la tarde, un hombre, un hombre como nunca había visto este pobre árbol
apareció por allí. Su figura era hermosa en gran manera, un resplandor
iluminaba todo su ser. No se parecía a ninguno de los otros hombres que este
árbol de acacia había visto en su vida de desierto.
Observando atentamente
su figura, lo vio recorrer todo el lugar, como si estuviera buscando algo
especial. Sus ojos parecían que podría penetrar aún la roca más dura, y
discernir los pensamientos más íntimos de cada cosa que estaba a su alrededor;
y lo que más llamaba su atención es que todo cobraba vida a su alrededor
Este hombre tan especial
buscó y miró cada árbol con sumo cuidado escudriñando todo. Sus pasos eran
firmes, y su andar lento. Hasta que vio que vino hacia él, deteniéndose
delante de su figura retorcida de árbol. Sintió como el calor de sus ojos
recorrían lo más profundo de su ser, y como si no hubiera tenido en cuenta su
figura exterior su mirada llegó hasta sus raíces. Después de unos instantes se
marchó.
Pasaron unos días y
nuevamente la figura de ese extraño visitante, se paseó por medio de ese
conjunto de árboles que vivían en ese lugar. Nuevamente su vista recorrió
cada lugar, forma y figura. Nuevamente volvió a pararse frente a este
retorcido árbol de acacia, y su mirada, su profunda mirada penetró una vez más
hasta lo más intimo de la vida de la acacia.
Las visitas volvieron a
repetirse y fueron mas frecuentes. Comenzó a notar que cada vez que este ser
tan especial, se paraba frente de él, su naturaleza de árbol se estremecía, y
la savia de la vida corría mas aceleradamente.
Un cierto día El varón
esbelto en gran forma llegó y vino directamente a él como ignorando a todo los
demás. Posó sus manos sobre su tronco tocándole y una tierna sonrisa asomó en
su delicado y firme rostro.
Que momento tan hermoso,
¡no fue un toque, fue como una caricia! Hubiera querido que esa mano hubiese
permanecido allí para siempre.
El árbol meditó: “que
tengo yo a diferencia de otros tantos árboles”.
Había escuchado a los
hombres que componían las caravanas que pasaban por allí, que en distintas
partes del mundo había árboles grandes, casi sublimes, con deliciosos frutos,
con flores magníficas, de hermoso perfume, pero él, un árbol retorcido, ¿Qué
habría visto en él?.
Esta acacia sólo recibía
cada día sobre sí, el calor y los vientos del desierto, que hacían que la
arena castigara toda su figura.
Cuando el hermoso varón,
retiró sus manos, pudo observar en ellas unas profundas heridas. Y lo más
extraño fue que, justo desde esas heridas, es donde este árbol sintió el
tierno toque que estremeció todo su ser.
Pensó: “¡pobre hombre
se habrá lastimado en su trabajo!” La acacia sbía que los hombres trabajaban y
tenían oficios.
¿Pero cual sería su
trabajo? No lo sabía, pero si tenía que adivinar él diría: ¡Este hombre es...
carpintero!.-
Pasaron unos días, más
que los de costumbres, hasta que nuevamente este hombre apareció. Lo vio
dirigirse resuelta hacia él con una gran sonrisa en sus labios, parecieron
que sus labios se movieron, y escuchó el susurro de estas palabras: “Llegó el
tiempo”.
Su mano derecha traía
algo. No conocía lo que era, pero blandía en el resplandor del sol.
Acercándose a muy corta
distancia, su brazo se levantó; y el árbol pensó: “¡Otra vez su mano!, esa
mano tan tierna me tocará, ¡otra vez su mano me tocará!
“Que honor tan grande,
que alguien más grande que yo, mucho más hermoso que yo, con mas poder y
gloria me toque. Que soy yo, mas que todos los demás árboles. No soy recto,
no soy bello, pero este varón que puede trasladarse de un lado a otro con
voluntad férrea me ha mirado, ¡me ha mirado y también me tocó!”.
Con tantas visitas que
había tenido, ya una relación silenciosa se había producido entre el árbol y
el hermoso varón de manos heridas.
Cuando la mano del hombre
se levantó y cayo sobre el árbol, esto que lucía tan esbelto a la luz del sol
cuando lo enfocaba y que prácticamente destellaba en colores, se fue acercando
rápidamente al árbol, y este dijo: ¡ “Me va a tocar, me va a tocar, así como
me toco con su mano! ¡Debe ser algo más precioso todavía, debe ser algo más
hermoso, debe ser algo como nunca sentí!
¡Si cuando su mano me
tocó fue algo tan hermoso, sentí una dulzura, una ternura como ningún pájaro
me la pudo dar, que será esto que trae cuando me toque!
El golpe del hacha y el
grito del árbol fueron uno.
Gran dolor... tremendo
dolor... inexplicable dolor... ¿Que pasóooooo.....?
El asombro y el dolor no
le dejó reconocer cuantos golpes fueron.
El árbol solo podía
decir: ¡Basta... a mí no... hay otros árboles...hay otros árboles!. ¡Porqué a
mí!.
El hacha llegó muy
profunda; hasta lo más íntimo de su ser. La Acacia no podía creer que este
hombre tan tierno, de sonrisa tan dulce, que conocía de heridas, podía haber
causado esto.
Pero ya no podía hacer
nada, ya estaba en el suelo. Todo fue tan rápido. Toda ligadura a esta tierra
había sido cortada, y era llevado donde no sabía.
Los otro arboles que lo
veían pasar, decían, entre sí: ¡”Mira lo que le pasó por confiar en este
extraño visitante. Menos mal que no fue a nosotros. Menos mal que no se detuvo
en nosotros”!. Ellos también poco entendían.
Pero de que servían las
palabras de los demás. El dolor era muy profundo, la acacia ya no era un
árbol, por lo menos erguido. Y si bien un pequeño aliento de vida tenía,
sabía que no duraría mucho. Sin embargo aunque cortado, figura de árbol
tenía.
Fue apartado de todos los
demás árboles y llevado al campamento del Hombre de bella figura, quedó sólo
en la noche de su vida. El rocío caía sobre su figura tendida en la arena del
desierto.
Al día siguiente otros
hacheros, con distintas herramientas comenzaron a hacer su tarea. Su corteza
fue separada, su parte más íntima quedó al descubierto. Mientras tanto, el
varón de gran gloria seguía atentamente cada paso, cada corte, de lo que le
estaban haciendo.
Ya sin corteza, con su
parte más blanda expuesta, quedó tendido al calor de los vientos que fueron
preparando su naturaleza de madera.
Sin su parte exterior a
la vista, si sus arboles amigos lo verían, nunca mas lo reconocerían.
Día tras día, noche tras
noche los días fueron pasando.
Sin su corteza que
sensible era a cualquier silbo de viento. Que sensible a cualquier susurro.
Otros actores de trabajo
aparecieron. Trajeron sierras y lijas que cortaron su naturaleza ahora
interior. ¡Porqué habría que cortar mas fino! ¡Porqué habría que lijar mas
fino!.
Cuando los obreros
terminaron, ya estaba tan partido que nadie mas diría que era un árbol.
Todo el desarrollo de
árbol que tenía lo había perdido. Ya su estatura estaba reducida a 1,20 cm a
0,70.
Tablas solo tablas.
Escucho decir: ¡”Ya esta
terminado”!.
Vinieron los
ensambladores y colocaron cada tabla de su ser y formaron una figura.
Pero ya no lucia como un
árbol. Nadie mas lo reconocería como tal, ¡quien iba a decir que era un
árbol!.
Al día siguiente
vinieron algunos varones que lo llevaron a un lugar donde realmente hacia
bastante calor. Lo que mas le llamaba la atención en todo este proceso, en
todo este tiempo, es que ningún día faltó la presencia de ese varón glorioso
que contemplaba todo lo que se le hacia, no permitiendo que detalle alguno
quedara sin hacer.
El árbol comenzó a sentir
mucho calor, la acacia comenzó a sentir demasiado calor, laminas de oro
cayeron sobre él.
Las dos naturalezas
tomaron contacto, el oro y la madera.
Esas laminas preparadas
de antemano, que recubrieron primeramente la parte de adentro, e hicieron
desaparecer la madera de acacia que quedaba a la vista
Nadie de afuera ya mas
conocería a él. Nadie mas vería su madera. Escuchó una voz que dijo terminado
es, acabado es, mas no entendió mucho.
Ya en medio de la
oscuridad de sus sentidos, entendió que de ahora en más solo podría ver el
mundo exterior a través de la naturaleza que lo recubría.
Sintió como dentro y
arriba suyo ponían otra tapa, y lo cubrió aún más una densa oscuridad.
Él comprendió que todo
esto había ocurrido por el simple y gran hecho que ese varón glorioso puso sus
ojos en él eligiéndolo.
En realidad fue llevado
donde no se le preguntó si quería ir. Fue llevado donde el no sabía, era
trasladado donde no quería ir.
Mientras meditaba en
ello, el lugar se llenó con una luz que nunca vio en su vida de árbol.
Esa luz ya no brillaba
como la luz del sol que la acacia había visto cada mañana de su vida.
¡Era luz distinta, era
una luz preciosa, era una gloria tremenda como nunca había visto en la
tierra!, y el pensaba en sus amigos, en los otros árboles.
¡Él entendió, ahora
entendíaaaaaaaaa..!.
Había perdido su
identidad pero había sido elegido para un propósito,
Amigos así como este
árbol de acacia, muchas semillas fueron plantadas en este mundo. Cuando
crecieron no tenían ninguna hermosura, pero un día pasó un Ser distinto como
no lo hay ningún otro, que señaló ese árbol en medio de un desierto, para
prepararlo para un propósito especial.
Este árbol tuvo que
perder su identidad, tuvo que pasar por distintas pruebas, por distintos
dolores; perder “su vida”.
Te digo más. El que
miraba el arca de Dios y no sabía; nunca podría decir que allí dentro hay un
árbol.
Lo único que miraban
allí, los de afuera, los desconocidos y conocidos, los del pueblo y los
enemigos, cuando esa arca era trasladada, era el Arca donde se posaba la
presencia de Dios,
El arca de la presencia
de Dios, solamente aquellos que habían pasado por este proceso, que
pertenecían a ese pueblo sabían que adentro de ese oro recubierto hay un vaso
de madera
Él nos hizo para ser
morada de su presencia. No importa tu apariencia. Si él te eligió El te
preparará.
La primera apariencia del
árbol era desastrosa, no se distinguía de ningún otro árbol, pero sabes hay
una canción que cantamos que dice: “ para ser morada de Dios nací, el lugar
de la presencia del Señor”.
No digas soy sólo un
simple árbol, de una naturaleza que se muere.
¡El privilegio de ser un
simple árbol de acacia es muy grande!.
Quiero decirte algo. Lo
que Dios te pondrá como cubierta, lo que Dios pondrá dentro tuyo es su ley de
amor, y es su oro. La tapa, la cobertura de esa caja no contenía acacia, era
oro puro.
Ese oro que habla de la
naturaleza de nuestro amado Salvador, sufrió mas fuego para su pureza del que
tu supiste sufrir para ser preparada como arca.
Fuiste llamado a ser
morada de Dios. No es un juego, no es una religión, no es una liturgia, es mas
que cualquier don, es más que miles de bendiciones de prosperidad y
abundancias, no es venir a los cultos solamente. Tu vida le pertenece a aquel
que te plantó y te dio vida.
No te frustres por su
accionar, El té esta preparando para ser morada. Deja que Él utilice sus
herramientas. Y puedas decir Señor sea tu voluntad y no la mía.
¡Dios te bendiga árbol de
acacia, El Señor es contigo!.
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