Quisiera compartir con Uds. un pensamiento
que fue extraído de la lectura de un anónimo. No por lo breve deja de
encerrar un gran principio divino que hablará a nuestros corazones
El Libro de 1ª
Corintios en su capítulo 4.4.nos dice:
Yo en muy poco tengo
el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo
a mí mismo. 4Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no
por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 5Así
que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el
cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las
intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza
de Dios.
El hombre se acercó al
zarzal, alzó la mano para tocarlo y hubo un ¡Ayyy! en su boca y un hilo rubí
que corría por su dedo. ¡Que ocurrió?. Se encontró con una espina... y la
espina lo hirió.
El Hombre se enjugó la
sangre y mirando fijamente hacia el zarzal le dijo:
- Te perdono.
Viendo la acción admiré
y bendije en mí, a aquél hombre con el dulce don de perdonar.
Aconteciendo este hecho,
he aquí que vino otro hombre y se paró junto al zarzal. El también alzó su
mano para tocarlo, y nuevamente, la espina del zarzal hirió, mas el hombre
sólo se enjugó su herida, quedó viendo con amor la espina, pero no le dijo
“te perdono” y siguió su camino.
Yo pensé:
-
Aquel primer hombre era
un Santo. Sabía perdonar. Este último, en cambio, no sabe cuan dulce
es ese camino.
En ese instante Mí Señor
me interrumpió:
-
Quien nada sabes eres tu.
-
¿Cómo, Señor?..... ¡Aquél primer hombre
es...!
-
Si, aquél es un Santo, porque cuando fue
preciso perdonó.
-
¿Y este Señor...?
-
Este es más Santo aún, porque no le es
preciso perdonar.
Quedando realmente perplejo por la respuesta
del Señor, con una vaguedad incomprensiva en los ojos,.. El me explicó:
-
La espina hiere, porque es espina. Aunque
quisiera no podría perfumar, simplemente... porque esa es su naturaleza. El
primer hombre sintió el dolor de la punzada y como no sabía, juzgó
culpable a la espina y del hecho, se ofendió, mas como era de corazón
limpio... perdonó.
-
El otro sintió dolor, pero como sabía que
toda espina punza, porque por eso es espina, no nació en él ofensa alguna.
Después de ese día que El habló (otro más que
se sumo a Sus tantos susurros) sufro menos cuando cardos o espinas me
hieren. Duéleme la herida, pero como mi alma sabe, no hay ofensa, y como no
hay ofensa, no hay nada que perdonar. En este cambio... fluye amor piadoso
para la espina, ya que esa es su naturaleza, hasta que llegue el día de su
metamorfosis en el tiempo del Señor... y la espina... conceda su flor.
Me preguntarás: ¡pero hay dolor en la
herida!!... toda herida conlleva dolor, pero sabes... no sólo aprendí a
perdonar, sino también a comprender.
Dios lo bendiga