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EN EL UMBRAL DE LA MUERTE
Pr. Juan Carlos Faría
¿Y qué de nuestros familiares? ¿Se hizo usted esta pregunta? Descubra el
poder de la promesa de Dios: “será salvo tú y tu casa”
En abril de 1973 un acontecimiento cambió totalmente mi vida y la de mi
esposa, el evangelio de Jesús se hacía verdad en nuestros corazones.
Como todo aquel que ha sido encendido por el fuego de Dios, hablaba a
todo el mundo de lo que el Señor era para mí. Y cada vez que tenía un
destello de oportunidad, mis familiares soportaban pacientemente mis
embates del evangelio, a tiempo y fuera de tiempo.
Los años pasaron. Experiencia tras experiencia, encuentro tras encuentro
con el rostro del Señor, fue haciendo la obra de gracia y misericordia
en nuestras vidas. Sin embargo, siempre había en nosotros esta pregunta:
¿y qué de nuestros familiares? No cesamos de orar por ellos, pero no
veíamos el fruto que quizá nuestros ojos deseaban ver.
Corría el año 1997, cuando uno de mis hermanos comenzó a padecer una
enfermedad triste y dolorosa en sus huesos. Pasaron los días, las
semanas y los meses, y ningún tratamiento, quimioterapia incluida, era
eficaz para detener el proceso de muerte.
Cada vez que tenía oportunidad de hablar con él, trataba de acercarlo a
Dios, pero todo esfuerzo se transformaba en una empresa imposible.
Aunque no había un rechazo absoluto, rápidamente el tema de conversación
se diluía: todo quedaba en la nada y sin respuesta.
Con el empeoramiento de su dolencia, llegó el tiempo de la internación
en un nosocomio. Su esposa fielmente le dispensaba todo el amor y
cuidado necesario, como así también toda la familia.
Entre tanto, yo recibí una invitación a un evento religioso en la ciudad
de Mar del Plata, a 400 kilómetros de mi hogar; el cual me ocuparía todo
ese fin de semana. Más allá del estado delicado de salud de mi hermano,
nada presagiaba un desenlace inmediato, por lo tanto, decidí viajar.
LO IMPREVISTO
Fue en la mañana de aquel 8 de octubre de 1999, con las valijas a medio
hacer, que sonó el teléfono. Mi esposa contestó, pero la transformación
de su rostro me dio a entender que algo trágico había sucedido. No fue
la noticia esperada, sino una aún peor. Nuestra querida cuñada tuvo un
accidente fatal con su automóvil. Yo no podía salir de mi asombro.
Apoyándome en las fuerzas de Dios, me dirigí a la casa de mis familiares
para ponerme a su servicio. Para mis sobrinos, esta situación superó
toda imaginación, ya que ellos esperaban el desenlace mortal de su
padre, pero no el de su madre. Esta situación imprevista golpeó
duramente sus corazones.
Sentí que era mi responsabilidad permanecer junto a mi hermano y
acompañarlo en el hospital. La verdad de tan terrible situación, y por
su gravedad, no le fue revelada por mis sobrinos. Respetuoso de esta
decisión, pasé horas charlando con él. Una vez más intenté compartir con
mi hermano la belleza del Señor, pero nuevamente todo esfuerzo de mi
parte fue inútil.
Luego, asistí al funeral, donde encontré nada más que sufrimiento y
lágrimas; deconsuelo. Un velatorio como tantos, donde la esperanza de
vida está ausente. Sin embargo, en mi corazón hubo paz. Una porción
especial de gracia había invadido mi ser desde el momento que comenzaron
a suceder estos hechos desagradables, la cual abundó para la gloria de
Cristo. Su voz vino suavemente a mi corazón: “Hijo, yo no pedí palabras
en estos momentos. Solamente ofrece tus brazos, tu pecho, llora con los
que lloran y deja, sin palabras . . . fluir mi amor en ti.”
Hubo consuelo también: mi cuñada demostró por sus hechos, que algo había
sucedido en su vida. Constantemente pedía a mi esposa y a mí, antes de
partir, que no dejáramos de orar a Él, por lo que estaba aconteciendo en
su hogar.
Años atrás, por otras circunstancias, había atesorado estas palabras que
habían quedado selladas en mi corazón: “No juzgues nada antes de tiempo,
hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto en las
tinieblas, y manifestara las intenciones de todos los corazones; y
entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:5).
Siempre recuerdo una historia que contaba Santa Teresa de Avila. Un día
mientras regresaba al convento, encontró no poca cantidad de personas
reunidas sobre un puente, bajo el cual pasaba un torrentoso río. Estas
personas al ver a Santa Teresa, le rogaron pidiéndole que orara por la
persona que instantes antes se había arrojado y quitado la vida. Pese a
escuchar este pedido, no se detuvo y siguió su camino. En su pensamiento
se dijo: “Qué locura esta de orar por alguien que actuó en contra de su
propia vida. ¡No lo haré!”.
Después de andar unos pasos, escuchó la voz del Señor que le dijo:
“Teresa, quiero que sepas algo… hubo un largo recorrido entre la cima
del puente y las aguas, más tiempo del que tú te imaginas!”
HALLADO POR QUIENES NO LO BUSCABAN
Al día siguiente del funeral, reemplacé a mi sobrino en el hospital. La
salud de mi hermano empeoró; la ansiedad y los dolores trajeron sobre él
grande excitación. Comencé a rogar a Dios que le diera su paz. Me
acerqué a menos de un palmo de sus oídos y oré así: ¡Señor Jesús, envía
tu paz, Tú eres la paz! Ante mi asombro él comenzó a repetir: “¡Jesús,
dame tu paz!” Sorpresivamente su estado cambió. Mientras esto acontecía
el Señor me dijo que cantara.
-¿Señor, qué quieres que cante? - pregunté.
- Quiero que cantes gloria, gloria, aleluya a tu Salvador”- llegó la
clara respuesta sin demora.
Inmerso en el silencio de aquel ambiente, comencé a cantar. A esa altura
de lo hechos, me di cuenta de que obedecer a Dios supera todo otro
sacrificio. Cuando terminé de cantar una hermosa atmósfera de su
Presencia invadió todo el lugar. Mi hermano entró en reposo. Aparte de
mi hermano en esa habitación había tres pacientes más con penosas
enfermedades.
Luego, Dios nuevamente me sorprendió con estas palabras: “Quiero
hablarte; escucha, yo preguntaré. ¿Cuán grande piensas tú que es mi
Salvación? Yo fui hallado de los que no me buscaban; Y, me manifesté a
los que no preguntaban por mí. ¿Puedes entender cúan grande es esto?
¡Que alguien me encuentre sin que me busque!. Quiero que sepas algo, mi
amor es muy grande. Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia,
y me compadeceré quien yo me compadezca. Así que no depende del que
quiere, ni del que corre, sino de Mí que tengo misericordia. No es por
obras, es sólo por pura gracia.”
Mi corazón saltaba dentro de mí. Con la Biblia abierta el Señor me
hablaba a través de su palabra, y reverberaba vez tras vez aquel
versículo: “No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios
que tiene misericordia”.
Su salvación es grande, muy grande! - me decía a mí mismo, mientras
lagrimas corrían por mi rostro.
TESTIGO DEL MILAGRO
Estaba yo meditando en todo esto, cuando mi hermano se sentó en la cama
y comenzó a decir: ¡Juan Carlos, dame luz . . . quiero luz! ¡Dame esa
luz que tienes!
Los otros enfermos y sus acompañantes comenzaron a mirar todo lo que
estaba ocurriendo, mientras mi hermano seguía con su insistente suplica:
“Dame la luz, esa luz que tú tienes!”
Todavía no salía de mi asombro, cuando escuché suavemente la voz del
Señor que decía: “Yo soy la luz de este mundo, háblale de Mí, y ora con
él.”
Oré y luego de unos pocos instantes se incorporó y dijo con los ojos
cerrados: “¡Me dio luz, me dio luz!”
Yo sabía que si bien él estaba allí con nosotros, sus sentidos
espirituales estaban conectados con otro mundo que lo rodeaba, y sus
ojos interiores estaban abiertos a ese otro mundo.
Todo lo que estaba sucediendo era tan real, como también increíble.
Este mi hermano no era aquel con quien varias veces quise tener pláticas
sobre las cosas de Dios, y que con tanta habilidad y cortesía eludía. No
era tampoco la persona que los otros enfermos y presentes le oyeron
decir tan sólo días atrás: Dios no existe!
El Espíritu de Dios me estaba haciendo testigo y participe de su amor y
misericordia, como así también de sus promesas de salvación eterna que
son sí y amén.
Mi hermano volvió a sentarse en la cama. . . gemía, diciendo: ¡Señor,
cuánto sufrimiento hubo, cuánto sufrimiento!
Beto estaba teniendo una poderosa revelación de la Cruz. La grandeza de
Dios era puesta de manifiesto en el umbral de la muerte. Una vez más la
Cruz se levantaba victoriosa más allá de lo que yo podía imaginar.
No olvidaré jamás la mirada de la persona acompañante del enfermo que
estaba paralelo a la cama de Beto, cuando él levantó sus brazos y,
manteniendo los ojos cerrados, pedía: “¡Cámbienme por favor las ropas,
sáquenme estas ropas y pónganme esas otras ropas!” Esto lo repitió
reiteradas veces, hasta que tranquilo ya como si el deseo se hubiera
cumplido, sonriendo comenzó a decir: “¡Así se sirve; así se sirve!”
Entonces, volvió a su posición de descanso en la cama; ya nunca volvería
a hacer mención de ese mundo espiritual. Un par de horas más tarde, mi
hermano Beto partía con el Señor Jesús, en presencia de sus amados hijos
Sergio y Ezequiel.
A través de los años, en el trato de Dios para con mis familiares, hallé
el cumplimiento de esta fiel promesa en las palabras de Pablo al
carcelero:
¡Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu casa!
Mi reflexión Final ante esta experiencia es:
• El Hace como quiere y en el tiempo que quiere.
• La salvación es otorgada tan solo por misericordia.
• Su amor es mucho más grande de lo que yo, a través de toda la vida,
pueda imaginar.
• Lo que El limpia, limpio es.
• La justicia de todo hombre es Cristo.
Firmemente creo que estas son sólo las primeras páginas de una historia
inconclusa, que agregan una ofrenda de gratitud y gloria hacia el
Salvador de todo hombre: Jesucristo.
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